Estudié medicina y en algún momento me di cuenta de algo incómodo: la mayor parte
de lo que de verdad determina cuánto y cómo va a vivir una persona no se decide en
una consulta de quince minutos. Se decide en cómo duerme, cómo se mueve, qué come y
qué se revisa a tiempo. Y de eso casi nadie tiene tiempo de hablar dentro del
sistema de salud.
Al mismo tiempo, la información buena existe. Está publicada, es pública, y está
casi toda en inglés y escrita para otros médicos. La versión que llega al público
hispano suele venir por dos caminos: o traducida sin contexto por alguien que no
puede leer un diseño de estudio, o convertida en una promesa de venta.
El hueco que intento llenar
Hay canales de salud en español excelentes. Lo que casi no hay es alguien que
cumpla tres condiciones a la vez: que sea médico titulado, que sepa
leer un estudio completo —incluyendo su diseño, su tamaño de efecto
y sus limitaciones— y que aterrice todo eso en el
contexto real de Latinoamérica.
Esa tercera parte es la que más me importa y la que más me cuesta. Es fácil repetir
que hay que comer 1,6 gramos de proteína por kilo. Es más trabajo averiguar cuánto
cuesta eso en Bogotá, qué se consigue en una tienda de barrio, y cuál de las
opciones que sí están al alcance rinde mejor por peso. Los protocolos que no se
pueden ejecutar aquí son entretenimiento, no salud pública.
Cómo trabajo cada tema
Cada semana elijo un tema, busco la mejor evidencia disponible —priorizando
metaanálisis y ensayos aleatorizados sobre estudios observacionales— y lo desarmo
en cuatro partes: el mecanismo, el protocolo numerado, el contexto local y las
fuentes.
Ese orden no es estético. Si entiendes el mecanismo, puedes adaptar el protocolo a
tu vida cuando algo no encaje, en vez de abandonarlo. Y si tienes las fuentes,
puedes verificar lo que digo sin tener que confiar en mí. Eso último es
deliberado: prefiero que puedas comprobarlo a que me creas.