Estudié medicina y en algún momento me di cuenta de algo incómodo: la mayor parte
de lo que de verdad determina cuánto y cómo va a vivir una persona no se decide en
una consulta de quince minutos. Se decide en cómo duerme, cómo se mueve, qué come y
qué se revisa a tiempo. Y para hablar de eso casi no hay tiempo dentro del
sistema de salud.
Al mismo tiempo, la información buena existe. Está publicada, es pública, y está
casi toda en inglés y escrita para otros médicos. Entre ese paper y una decisión
que puedas tomar un martes cualquiera hay un trecho largo, y recorrerlo entero es
el trabajo que hago aquí.
Las tres condiciones que me pongo
Todo lo que publico aquí tiene que cumplir tres cosas a la vez: firmarlo un
médico titulado, salir de leer el estudio completo
(su diseño, su tamaño de efecto y sus limitaciones, no el resumen ni el titular) y
aterrizar en el contexto real de Latinoamérica.
La tercera es la que más me importa y la que más me cuesta. Es fácil repetir que
hay que comer 1,6 gramos de proteína por kilo. Es más trabajo averiguar qué fuente
rinde más proteína por lo que cuesta aquí, qué de eso se consigue en una tienda de
barrio, y qué dice de verdad la etiqueta de un yogur que se vende como alto en
proteína. Un protocolo vale lo que vale su ejecución, y la ejecución se juega en
esos detalles.
Cómo trabajo cada tema
Elijo un tema, busco la mejor evidencia disponible, priorizando metaanálisis y
ensayos aleatorizados sobre estudios observacionales, y lo desarmo en cuatro
partes: el mecanismo explicado desde cero, el protocolo numerado, el contexto
local cuando cambia algo, y las fuentes.
Ese orden no es estético. Si entiendes el mecanismo, puedes adaptar el protocolo a
tu vida cuando algo no encaje, en vez de abandonarlo. Y si tienes las fuentes,
puedes verificar lo que digo sin tener que confiar en mí. Eso último es
deliberado: prefiero que puedas comprobarlo a que me creas.